El inventario de los ausentes: Capítulo 2: La casa de San Jerónimo 707
La primera vez que Tamara entró en la casa de San Jerónimo después de la muerte de su abuela, encontró una paloma muerta en el pasillo.
Estaba junto a la pared, debajo de una ventana que no cerraba bien. Tenía las alas abiertas y las patas recogidas contra el cuerpo. Tamara la miró un momento antes de buscar una escoba. No quiso tocarla con las manos.
La casa llevaba mucho tiempo cerrada. Había polvo sobre los muebles, manchas de humedad en el techo del comedor y un olor difícil de identificar que se había instalado en las habitaciones. En la cocina, una canilla goteaba dentro de la pileta, y cada tanto, una gota caía con un ruido seco que parecía más fuerte por el silencio.
Tamara dejó la escoba contra la pared y abrió las ventanas.
No sabía cuánto tiempo iba a quedarse.
La casa había pertenecido a su abuela paterna. Después de su muerte, la había heredado, aunque durante meses no encontró razones suficientes para instalarse allí. Seguía teniendo sus horarios, sus obligaciones y sus costumbres. La vivienda quedaba a varias cuadras de los lugares por los que se movía habitualmente y, cada vez que pasaba frente a la fachada, encontraba alguna excusa para seguir de largo.
Había pensado venderla. También había pensado alquilarla. Una vez llegó a pedir un presupuesto para reparar el techo, pero guardó el papel en un cajón y no volvió a ocuparse del asunto.
Durante un tiempo, la casa siguió vacía.
Hasta que un día se cansó de pagar por un lugar que no sentía suyo y de saber que tenía otro al que no iba nunca. No hubo una discusión ni un acontecimiento que la obligara a tomar la decisión. Una mañana llevó algunas bolsas, una valija y una caja con ropa. Volvió al día siguiente con otras cosas. Después consiguió que alguien revisara la instalación eléctrica y arreglara la canilla de la cocina.
El resto lo hizo de a poco.
No todo quedó en condiciones. La humedad siguió avanzando por una pared del dormitorio del fondo. Una puerta se trababa cuando cambiaba el tiempo. En el patio había un árbol que levantaba las baldosas con las raíces y que Tamara no se animaba a cortar porque su abuela lo había plantado cuando ella era chico.
Con el tiempo, aprendió qué ventanas convenía cerrar cuando soplaba el viento y cuál de las habitaciones conservaba mejor el fresco durante el verano. Volvió a usar la mesa del comedor. Colgó la ropa en el patio. Puso una cortina nueva en la cocina y dejó las herramientas en una caja debajo de la pileta.
La casa empezó a parecer habitada antes de estar arreglada.
A Tamara eso le alcanzaba.
Años después, un martes de noviembre, encontró a La Pepa discutiendo con un muchacho en la entrada.
—Te dije que a esta hora no —decía La Pepa.
El muchacho tenía una mochila colgada de un hombro y una campera demasiado gruesa para el calor que hacía. Miraba hacia la calle mientras hablaba. No parecía tener intención de entrar ni de irse.
Tamara dejó las bolsas del almacén sobre una silla del comedor y salió al pasillo.
—¿Qué pasó?
—Dice que necesita quedarse unos días —respondió La Pepa—. Pero viene a esta hora y pretende que le abra como si esto fuera una terminal.
—No es una terminal —dijo Tamara.
El muchacho la miró por primera vez.
—Ya sé.
—Entonces no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
Tamara se quedó observándolo. Era joven, aunque llevaba una barba despareja que le endurecía la mandíbula. Tenía una raspadura en la mano derecha y la mochila parecía contener más ropa de la que podía necesitar para unos días.
—¿Cómo te llamás?
—Renzo.
—¿Y dónde estuviste hasta ahora?
—En lo de un amigo.
—¿Y por qué no podés seguir ahí?
El muchacho apretó la correa de la mochila. Miró otra vez hacia la calle.
—Porque no puedo.
Tamara esperó. No agregó nada.
La Pepa se cruzó de brazos. Desde que Tamara se había mudado, había aprendido a reconocer ese silencio. A veces significaba que Tamara estaba pensando. Otras, que ya había tomado una decisión y esperaba que los demás dejaran de hablar para llevarla adelante.
—Tenemos lugar en el cuarto del fondo —dijo finalmente Tamara—. Pero primero vas a entrar, vas a dejar esa mochila y vas a comer algo. Después me vas a contar qué pasó.
El muchacho no se movió.
—No tengo plata.
—No te pregunté si tenías plata.
—No quiero deberle nada a nadie.
Tamara recogió una de las bolsas del almacén.
—Entonces no me debas nada. Pero tampoco me hagas perder tiempo acá en la puerta.
Entró sin esperar una respuesta.
El muchacho tardó unos segundos en seguirla.
La Pepa cerró la puerta.
—Después me vas a decir que no podés con todo —murmuró.
Tamara dejó las bolsas sobre la mesa.
—No puedo con todo.
—Pero igual abrís.
—Esta vez sí.
La Pepa no contestó. Fue a buscar un plato.
La casa no se había convertido en un refugio de un día para otro. Al principio, Tamara apenas soportaba que alguien se quedara a dormir. Estaba acostumbrada a disponer de sus cosas, a dejar la ropa donde quería y a pasar una tarde entera sin hablar con nadie si tenía ganas.
La primera persona que se quedó más de una noche había llegado por recomendación de una conocida. Después vino otra. Una mujer con una nena pequeña necesitó un lugar durante unas semanas. Más tarde, alguien que no podía volver a su casa. Las razones cambiaban; las bolsas junto a la puerta se parecían bastante.
Tamara nunca anunció que ofrecía alojamiento. No puso un cartel ni buscó gente que necesitara ayuda. Algunas personas llegaban porque alguien les había dado la dirección. Otras aparecían acompañadas. A veces no sabía muy bien qué hacer con ellas, pero sabía lo que significaba que no hubiera una puerta que pudieran tocar.
Con los años, la casa dejó de ser exclusivamente suya.
Eso no quería decir que cualquiera pudiera hacer lo que quisiera.
Las reglas aparecieron antes de que Tamara supiera cómo formularlas. Primero fueron advertencias sueltas. Después empezó a repetirlas hasta que todos las conocieron.
No se gritaba. No se insultaba. Nadie tenía derecho a humillar a otra persona por su manera de hablar, de vestirse o de vivir. Si había un problema, se discutía sin romper las cosas ni amenazar a nadie. Y a las diez de la noche la puerta quedaba cerrada.
—¿Y si alguien llega tarde? —le preguntaron una vez.
—Que llegue antes.
—¿Y si no puede?
—Entonces me avisa.
—¿Y si no tiene teléfono?
—Que encuentre la manera.
No le gustaba que la obligaran a explicar cada regla como si estuviera negociando un contrato. Tampoco le gustaba que la tomaran por tonta. Si alguien tenía una dificultad real, podía escucharla. Lo que no aceptaba era que se usara una necesidad como permiso para hacer cualquier cosa.
A veces se equivocaba. Se daba cuenta después, cuando ya había dicho algo de lo que se arrepentía. No siempre pedía disculpas enseguida. Podía pasar un día entero ordenando la cocina, lavando ropa o acomodando papeles antes de reconocer que había sido injusta.
La casa también tenía sus discusiones. Algunas terminaban en la mesa, con un mate de por medio. Otras duraban varios días y obligaban a todos a aprender a circular por los pasillos sin encontrarse de frente.
Tamara no había conseguido que las personas dejaran de tener problemas. Apenas intentaba que no se hicieran más daño del necesario mientras estaban bajo su techo.
La Pepa se ocupaba de buena parte de la convivencia cuando Tamara no estaba. Conocía los horarios, sabía quién debía dinero para las compras y quién tenía que levantarse temprano. También sabía cuándo convenía dejar a Tamara tranquila. No necesitaba preguntarle todo: si encontraba la mesa despejada y las cuentas guardadas en el cajón, entendía que no era el momento de discutir asuntos de la casa.
Aquella noche, mientras el muchacho comía, La Pepa le explicó dónde iba a dormir y qué tenía que hacer por la mañana. Tamara escuchó desde la cocina, lavando los tomates que había comprado.
—Y a las diez cerramos —dijo La Pepa.
—Ya me dijeron —contestó él.
—Entonces ya sabés.
Tamara sonrió apenas, sin darse vuelta.
A las diez menos cuarto, la casa empezó a cambiar de ritmo.
Alguien retiró la ropa del patio. Una chica terminó de lavar los platos y dejó el repasador extendido sobre la canilla. Desde el cuarto del fondo llegó el ruido de un cajón que se cerraba. La televisión quedó encendida en el comedor, con el volumen bajo, hasta que Tamara pidió que la apagaran.
Ella ya se había cambiado.
Llevaba una blusa clara, pantalón oscuro y unos zapatos que guardaba en una caja para que no se deformaran. Frente al espejo del dormitorio, se acomodó el pelo con las manos. Después abrió el ropero, sacó un abrigo liviano y revisó que tuviera las llaves.
Sobre la cama había quedado un cuaderno abierto. En una página figuraban los gastos de la semana: alimentos, electricidad, un arreglo del baño, dos compras que todavía no había pagado. En la otra había dibujado el frente de una blusa, con un cuello amplio y una línea de botones pequeños. Había anotado medidas en los márgenes y tachado dos veces la forma de las mangas.
Tamara volvió a mirar el dibujo. Le faltaba resolver la parte de atrás.
Buscó un lápiz, agregó una línea y escribió una palabra que después encerró en un círculo. No estaba segura de que funcionara. El papel ya tenía marcas de goma y una esquina doblada.
—¿Te vas? —preguntó La Pepa desde la puerta.
—Sí.
—Faltan cinco minutos.
—Ya sé.
Tamara cerró el cuaderno, pero no lo guardó. Se quedó mirando la página unos segundos más.
—Mañana tengo que pasar por el centro —dijo—. Si viene el hombre del arreglo, que revise también la puerta del patio.
—¿Otra vez la puerta?
—No cierra bien.
—Cierra.
—Hay que levantarla para que cierre.
—Eso es cerrar.
Tamara la miró.
—La Pepa.
—Bueno, bueno. Le digo.
La Pepa se fue hacia la cocina. Tamara guardó el cuaderno en el cajón de la mesa de luz y se puso el abrigo.
Antes de salir, recorrió la casa con la vista. No era una costumbre que hubiera adquirido por vivir con otras personas. Lo hacía desde que se había mudado: comprobaba las ventanas, la cocina, las luces del pasillo. A veces encontraba una canilla abierta o una puerta sin trabar. Otras veces no había nada que corregir.
Esa noche, el muchacho estaba sentado en el borde de la cama del cuarto del fondo, con la mochila a sus pies. Había dejado los zapatos junto a la pared. Cuando Tamara pasó frente a la puerta, él levantó la cabeza.
—Gracias —dijo.
Ella se detuvo.
—Mañana hablamos.
No quiso que la palabra sonara como una promesa. Tampoco como una advertencia.
Salió y cerró la puerta de entrada detrás de ella.
La Pepa se quedó del otro lado, esperando que el cerrojo encajara. Después apagó la luz del pasillo.
El trabajo de Tamara le ocupaba buena parte de la noche. Cuando volvía, la casa estaba casi siempre en silencio. A veces encontraba una taza en la mesa, ropa sin guardar o una nota escrita con apuro para avisarle que alguien había salido. Si había problemas, La Pepa se los contaba mientras calentaba agua. Si no los había, podían pasar varios minutos hablando de cosas sin importancia.
Tamara prefería esos regresos.
Algunas noches trabajaba más de lo que quería. No todas. Había semanas en las que conseguía cubrir los gastos con lo justo y otras en las que una factura, una reparación o una compra inesperada cambiaban las cuentas. Entonces aceptaba una salida que prefería evitar. No lo anotaba en el cuaderno con el nombre que le daban los demás. Escribía una cifra y, cuando volvía, la sumaba al dinero disponible.
Había aprendido a preguntar cuánto antes de subir al auto. No siempre le gustaba la respuesta, pero ya no dejaba que la conversación llegara hasta el final para descubrir que el precio había cambiado. A veces regresaba con el maquillaje corrido o con el olor de un perfume que no era el suyo pegado a la ropa. Se bañaba antes de acostarse y dejaba los zapatos en la misma caja, junto al ropero.
En el camino, solía pensar en lo que tenía que comprar, en la plata que debía separar para los gastos de la casa y en las cosas que quería hacer cuando dispusiera de más tiempo. No siempre pensaba en ese orden. A veces una idea de ropa le ocupaba la cabeza durante varias cuadras. Otras veces recordaba una cuenta que había olvidado pagar y se enojaba consigo misma.
No había abandonado sus planes de diseñar. Seguía dibujando modelos en los márgenes de los papeles, guardaba recortes de revistas y miraba las vidrieras con una atención que no siempre podía disimular. Había imaginado una marca, un local propio, ropa hecha por ella. En algunos dibujos escribía nombres posibles. Después los tachaba porque le parecían demasiado obvios o porque, al volver a mirarlos unos días más tarde, ya no le gustaban.
En la casa, sus proyectos convivían con las listas de compras.
A veces tenía que elegir entre comprar tela para una prueba y pagar una cuenta. O entre dedicar una tarde a coser y resolver algo que había quedado pendiente con quienes vivían allí. No siempre elegía lo que quería. Tampoco renunciaba del todo.
Había aprendido a dejar las cosas empezadas.
Una mañana, al regresar, encontró el cuaderno abierto sobre la mesa del comedor. No recordaba haberlo sacado del cajón. Se acercó, pasó las páginas y comprobó que el dibujo seguía allí. Al lado había una cuenta de electricidad, una lista de alimentos y el nombre de una persona a la que tenía que llamar.
La Pepa apareció desde la cocina con el mate.
—Lo dejaste anoche —dijo.
—Puede ser.
—Casi te lo guardo.
Tamara cerró el cuaderno.
—No hacía falta.
Se sentó y empezó a revisar los números de la semana. Había una diferencia pequeña entre lo que había anotado y lo que quedaba en la caja de la cocina. Volvió a sumar. Después revisó los recibos y encontró el error: había registrado dos veces una compra.
Tachó una de las cifras.
En la habitación del fondo se escuchó una puerta. El muchacho salió, ya vestido, y fue hasta la cocina. Saludó a La Pepa, pidió permiso para usar la ducha y preguntó si podía ayudar con algo antes de salir.
Tamara siguió con las cuentas.
—Después vemos —le dijo.
Él se quedó esperando, como si necesitara una tarea precisa para saber qué hacer con las manos. Finalmente tomó una escoba y empezó a barrer el pasillo.
Tamara levantó la vista cuando lo vio pasar frente al comedor. No le dijo que estaba bien ni que no hacía falta. Lo dejó seguir.
En la página abierta, debajo de los gastos, había quedado el dibujo de la blusa. Una de las mangas todavía no le convencía. Tomó el lápiz y probó otra línea, sin borrar la anterior.
El muchacho llegó hasta la puerta del patio y apartó la escoba para abrirla. La hoja se trabó en el marco. Tiró una vez, después otra.
—Hay que levantarla un poco —dijo Tamara.
Él hizo fuerza hacia arriba. La puerta cedió.
—Está rota —dijo.
—No está rota. Hay que arreglarla.
El muchacho miró la bisagra, como si estuviera calculando cuánto trabajo llevaría. Después volvió a barrer.
Tamara regresó a sus cuentas. Afuera, el viento había empezado a mover las ramas del árbol que levantaba las baldosas. Una hoja seca entró por debajo de la puerta y quedó junto a la pata de la mesa.
Ella la apartó con el pie.
Todavía tenía que llamar al hombre del arreglo, comprar alimentos y terminar el dibujo. También debía encontrar la manera de decirle al muchacho que quedarse en la casa no significaba que pudiera desaparecer sin avisar, ni que tuviera que contarle todo lo que le había pasado.
Anotó el número de teléfono en el margen de la cuenta.
Después cerró el cuaderno, pero dejó el lápiz sobre la mesa.
Estaba junto a la pared, debajo de una ventana que no cerraba bien. Tenía las alas abiertas y las patas recogidas contra el cuerpo. Tamara la miró un momento antes de buscar una escoba. No quiso tocarla con las manos.
La casa llevaba mucho tiempo cerrada. Había polvo sobre los muebles, manchas de humedad en el techo del comedor y un olor difícil de identificar que se había instalado en las habitaciones. En la cocina, una canilla goteaba dentro de la pileta, y cada tanto, una gota caía con un ruido seco que parecía más fuerte por el silencio.
Tamara dejó la escoba contra la pared y abrió las ventanas.
No sabía cuánto tiempo iba a quedarse.
La casa había pertenecido a su abuela paterna. Después de su muerte, la había heredado, aunque durante meses no encontró razones suficientes para instalarse allí. Seguía teniendo sus horarios, sus obligaciones y sus costumbres. La vivienda quedaba a varias cuadras de los lugares por los que se movía habitualmente y, cada vez que pasaba frente a la fachada, encontraba alguna excusa para seguir de largo.
Había pensado venderla. También había pensado alquilarla. Una vez llegó a pedir un presupuesto para reparar el techo, pero guardó el papel en un cajón y no volvió a ocuparse del asunto.
Durante un tiempo, la casa siguió vacía.
Hasta que un día se cansó de pagar por un lugar que no sentía suyo y de saber que tenía otro al que no iba nunca. No hubo una discusión ni un acontecimiento que la obligara a tomar la decisión. Una mañana llevó algunas bolsas, una valija y una caja con ropa. Volvió al día siguiente con otras cosas. Después consiguió que alguien revisara la instalación eléctrica y arreglara la canilla de la cocina.
El resto lo hizo de a poco.
No todo quedó en condiciones. La humedad siguió avanzando por una pared del dormitorio del fondo. Una puerta se trababa cuando cambiaba el tiempo. En el patio había un árbol que levantaba las baldosas con las raíces y que Tamara no se animaba a cortar porque su abuela lo había plantado cuando ella era chico.
Con el tiempo, aprendió qué ventanas convenía cerrar cuando soplaba el viento y cuál de las habitaciones conservaba mejor el fresco durante el verano. Volvió a usar la mesa del comedor. Colgó la ropa en el patio. Puso una cortina nueva en la cocina y dejó las herramientas en una caja debajo de la pileta.
La casa empezó a parecer habitada antes de estar arreglada.
A Tamara eso le alcanzaba.
Años después, un martes de noviembre, encontró a La Pepa discutiendo con un muchacho en la entrada.
—Te dije que a esta hora no —decía La Pepa.
El muchacho tenía una mochila colgada de un hombro y una campera demasiado gruesa para el calor que hacía. Miraba hacia la calle mientras hablaba. No parecía tener intención de entrar ni de irse.
Tamara dejó las bolsas del almacén sobre una silla del comedor y salió al pasillo.
—¿Qué pasó?
—Dice que necesita quedarse unos días —respondió La Pepa—. Pero viene a esta hora y pretende que le abra como si esto fuera una terminal.
—No es una terminal —dijo Tamara.
El muchacho la miró por primera vez.
—Ya sé.
—Entonces no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
Tamara se quedó observándolo. Era joven, aunque llevaba una barba despareja que le endurecía la mandíbula. Tenía una raspadura en la mano derecha y la mochila parecía contener más ropa de la que podía necesitar para unos días.
—¿Cómo te llamás?
—Renzo.
—¿Y dónde estuviste hasta ahora?
—En lo de un amigo.
—¿Y por qué no podés seguir ahí?
El muchacho apretó la correa de la mochila. Miró otra vez hacia la calle.
—Porque no puedo.
Tamara esperó. No agregó nada.
La Pepa se cruzó de brazos. Desde que Tamara se había mudado, había aprendido a reconocer ese silencio. A veces significaba que Tamara estaba pensando. Otras, que ya había tomado una decisión y esperaba que los demás dejaran de hablar para llevarla adelante.
—Tenemos lugar en el cuarto del fondo —dijo finalmente Tamara—. Pero primero vas a entrar, vas a dejar esa mochila y vas a comer algo. Después me vas a contar qué pasó.
El muchacho no se movió.
—No tengo plata.
—No te pregunté si tenías plata.
—No quiero deberle nada a nadie.
Tamara recogió una de las bolsas del almacén.
—Entonces no me debas nada. Pero tampoco me hagas perder tiempo acá en la puerta.
Entró sin esperar una respuesta.
El muchacho tardó unos segundos en seguirla.
La Pepa cerró la puerta.
—Después me vas a decir que no podés con todo —murmuró.
Tamara dejó las bolsas sobre la mesa.
—No puedo con todo.
—Pero igual abrís.
—Esta vez sí.
La Pepa no contestó. Fue a buscar un plato.
La casa no se había convertido en un refugio de un día para otro. Al principio, Tamara apenas soportaba que alguien se quedara a dormir. Estaba acostumbrada a disponer de sus cosas, a dejar la ropa donde quería y a pasar una tarde entera sin hablar con nadie si tenía ganas.
La primera persona que se quedó más de una noche había llegado por recomendación de una conocida. Después vino otra. Una mujer con una nena pequeña necesitó un lugar durante unas semanas. Más tarde, alguien que no podía volver a su casa. Las razones cambiaban; las bolsas junto a la puerta se parecían bastante.
Tamara nunca anunció que ofrecía alojamiento. No puso un cartel ni buscó gente que necesitara ayuda. Algunas personas llegaban porque alguien les había dado la dirección. Otras aparecían acompañadas. A veces no sabía muy bien qué hacer con ellas, pero sabía lo que significaba que no hubiera una puerta que pudieran tocar.
Con los años, la casa dejó de ser exclusivamente suya.
Eso no quería decir que cualquiera pudiera hacer lo que quisiera.
Las reglas aparecieron antes de que Tamara supiera cómo formularlas. Primero fueron advertencias sueltas. Después empezó a repetirlas hasta que todos las conocieron.
No se gritaba. No se insultaba. Nadie tenía derecho a humillar a otra persona por su manera de hablar, de vestirse o de vivir. Si había un problema, se discutía sin romper las cosas ni amenazar a nadie. Y a las diez de la noche la puerta quedaba cerrada.
—¿Y si alguien llega tarde? —le preguntaron una vez.
—Que llegue antes.
—¿Y si no puede?
—Entonces me avisa.
—¿Y si no tiene teléfono?
—Que encuentre la manera.
No le gustaba que la obligaran a explicar cada regla como si estuviera negociando un contrato. Tampoco le gustaba que la tomaran por tonta. Si alguien tenía una dificultad real, podía escucharla. Lo que no aceptaba era que se usara una necesidad como permiso para hacer cualquier cosa.
A veces se equivocaba. Se daba cuenta después, cuando ya había dicho algo de lo que se arrepentía. No siempre pedía disculpas enseguida. Podía pasar un día entero ordenando la cocina, lavando ropa o acomodando papeles antes de reconocer que había sido injusta.
La casa también tenía sus discusiones. Algunas terminaban en la mesa, con un mate de por medio. Otras duraban varios días y obligaban a todos a aprender a circular por los pasillos sin encontrarse de frente.
Tamara no había conseguido que las personas dejaran de tener problemas. Apenas intentaba que no se hicieran más daño del necesario mientras estaban bajo su techo.
La Pepa se ocupaba de buena parte de la convivencia cuando Tamara no estaba. Conocía los horarios, sabía quién debía dinero para las compras y quién tenía que levantarse temprano. También sabía cuándo convenía dejar a Tamara tranquila. No necesitaba preguntarle todo: si encontraba la mesa despejada y las cuentas guardadas en el cajón, entendía que no era el momento de discutir asuntos de la casa.
Aquella noche, mientras el muchacho comía, La Pepa le explicó dónde iba a dormir y qué tenía que hacer por la mañana. Tamara escuchó desde la cocina, lavando los tomates que había comprado.
—Y a las diez cerramos —dijo La Pepa.
—Ya me dijeron —contestó él.
—Entonces ya sabés.
Tamara sonrió apenas, sin darse vuelta.
A las diez menos cuarto, la casa empezó a cambiar de ritmo.
Alguien retiró la ropa del patio. Una chica terminó de lavar los platos y dejó el repasador extendido sobre la canilla. Desde el cuarto del fondo llegó el ruido de un cajón que se cerraba. La televisión quedó encendida en el comedor, con el volumen bajo, hasta que Tamara pidió que la apagaran.
Ella ya se había cambiado.
Llevaba una blusa clara, pantalón oscuro y unos zapatos que guardaba en una caja para que no se deformaran. Frente al espejo del dormitorio, se acomodó el pelo con las manos. Después abrió el ropero, sacó un abrigo liviano y revisó que tuviera las llaves.
Sobre la cama había quedado un cuaderno abierto. En una página figuraban los gastos de la semana: alimentos, electricidad, un arreglo del baño, dos compras que todavía no había pagado. En la otra había dibujado el frente de una blusa, con un cuello amplio y una línea de botones pequeños. Había anotado medidas en los márgenes y tachado dos veces la forma de las mangas.
Tamara volvió a mirar el dibujo. Le faltaba resolver la parte de atrás.
Buscó un lápiz, agregó una línea y escribió una palabra que después encerró en un círculo. No estaba segura de que funcionara. El papel ya tenía marcas de goma y una esquina doblada.
—¿Te vas? —preguntó La Pepa desde la puerta.
—Sí.
—Faltan cinco minutos.
—Ya sé.
Tamara cerró el cuaderno, pero no lo guardó. Se quedó mirando la página unos segundos más.
—Mañana tengo que pasar por el centro —dijo—. Si viene el hombre del arreglo, que revise también la puerta del patio.
—¿Otra vez la puerta?
—No cierra bien.
—Cierra.
—Hay que levantarla para que cierre.
—Eso es cerrar.
Tamara la miró.
—La Pepa.
—Bueno, bueno. Le digo.
La Pepa se fue hacia la cocina. Tamara guardó el cuaderno en el cajón de la mesa de luz y se puso el abrigo.
Antes de salir, recorrió la casa con la vista. No era una costumbre que hubiera adquirido por vivir con otras personas. Lo hacía desde que se había mudado: comprobaba las ventanas, la cocina, las luces del pasillo. A veces encontraba una canilla abierta o una puerta sin trabar. Otras veces no había nada que corregir.
Esa noche, el muchacho estaba sentado en el borde de la cama del cuarto del fondo, con la mochila a sus pies. Había dejado los zapatos junto a la pared. Cuando Tamara pasó frente a la puerta, él levantó la cabeza.
—Gracias —dijo.
Ella se detuvo.
—Mañana hablamos.
No quiso que la palabra sonara como una promesa. Tampoco como una advertencia.
Salió y cerró la puerta de entrada detrás de ella.
La Pepa se quedó del otro lado, esperando que el cerrojo encajara. Después apagó la luz del pasillo.
El trabajo de Tamara le ocupaba buena parte de la noche. Cuando volvía, la casa estaba casi siempre en silencio. A veces encontraba una taza en la mesa, ropa sin guardar o una nota escrita con apuro para avisarle que alguien había salido. Si había problemas, La Pepa se los contaba mientras calentaba agua. Si no los había, podían pasar varios minutos hablando de cosas sin importancia.
Tamara prefería esos regresos.
Algunas noches trabajaba más de lo que quería. No todas. Había semanas en las que conseguía cubrir los gastos con lo justo y otras en las que una factura, una reparación o una compra inesperada cambiaban las cuentas. Entonces aceptaba una salida que prefería evitar. No lo anotaba en el cuaderno con el nombre que le daban los demás. Escribía una cifra y, cuando volvía, la sumaba al dinero disponible.
Había aprendido a preguntar cuánto antes de subir al auto. No siempre le gustaba la respuesta, pero ya no dejaba que la conversación llegara hasta el final para descubrir que el precio había cambiado. A veces regresaba con el maquillaje corrido o con el olor de un perfume que no era el suyo pegado a la ropa. Se bañaba antes de acostarse y dejaba los zapatos en la misma caja, junto al ropero.
En el camino, solía pensar en lo que tenía que comprar, en la plata que debía separar para los gastos de la casa y en las cosas que quería hacer cuando dispusiera de más tiempo. No siempre pensaba en ese orden. A veces una idea de ropa le ocupaba la cabeza durante varias cuadras. Otras veces recordaba una cuenta que había olvidado pagar y se enojaba consigo misma.
No había abandonado sus planes de diseñar. Seguía dibujando modelos en los márgenes de los papeles, guardaba recortes de revistas y miraba las vidrieras con una atención que no siempre podía disimular. Había imaginado una marca, un local propio, ropa hecha por ella. En algunos dibujos escribía nombres posibles. Después los tachaba porque le parecían demasiado obvios o porque, al volver a mirarlos unos días más tarde, ya no le gustaban.
En la casa, sus proyectos convivían con las listas de compras.
A veces tenía que elegir entre comprar tela para una prueba y pagar una cuenta. O entre dedicar una tarde a coser y resolver algo que había quedado pendiente con quienes vivían allí. No siempre elegía lo que quería. Tampoco renunciaba del todo.
Había aprendido a dejar las cosas empezadas.
Una mañana, al regresar, encontró el cuaderno abierto sobre la mesa del comedor. No recordaba haberlo sacado del cajón. Se acercó, pasó las páginas y comprobó que el dibujo seguía allí. Al lado había una cuenta de electricidad, una lista de alimentos y el nombre de una persona a la que tenía que llamar.
La Pepa apareció desde la cocina con el mate.
—Lo dejaste anoche —dijo.
—Puede ser.
—Casi te lo guardo.
Tamara cerró el cuaderno.
—No hacía falta.
Se sentó y empezó a revisar los números de la semana. Había una diferencia pequeña entre lo que había anotado y lo que quedaba en la caja de la cocina. Volvió a sumar. Después revisó los recibos y encontró el error: había registrado dos veces una compra.
Tachó una de las cifras.
En la habitación del fondo se escuchó una puerta. El muchacho salió, ya vestido, y fue hasta la cocina. Saludó a La Pepa, pidió permiso para usar la ducha y preguntó si podía ayudar con algo antes de salir.
Tamara siguió con las cuentas.
—Después vemos —le dijo.
Él se quedó esperando, como si necesitara una tarea precisa para saber qué hacer con las manos. Finalmente tomó una escoba y empezó a barrer el pasillo.
Tamara levantó la vista cuando lo vio pasar frente al comedor. No le dijo que estaba bien ni que no hacía falta. Lo dejó seguir.
En la página abierta, debajo de los gastos, había quedado el dibujo de la blusa. Una de las mangas todavía no le convencía. Tomó el lápiz y probó otra línea, sin borrar la anterior.
El muchacho llegó hasta la puerta del patio y apartó la escoba para abrirla. La hoja se trabó en el marco. Tiró una vez, después otra.
—Hay que levantarla un poco —dijo Tamara.
Él hizo fuerza hacia arriba. La puerta cedió.
—Está rota —dijo.
—No está rota. Hay que arreglarla.
El muchacho miró la bisagra, como si estuviera calculando cuánto trabajo llevaría. Después volvió a barrer.
Tamara regresó a sus cuentas. Afuera, el viento había empezado a mover las ramas del árbol que levantaba las baldosas. Una hoja seca entró por debajo de la puerta y quedó junto a la pata de la mesa.
Ella la apartó con el pie.
Todavía tenía que llamar al hombre del arreglo, comprar alimentos y terminar el dibujo. También debía encontrar la manera de decirle al muchacho que quedarse en la casa no significaba que pudiera desaparecer sin avisar, ni que tuviera que contarle todo lo que le había pasado.
Anotó el número de teléfono en el margen de la cuenta.
Después cerró el cuaderno, pero dejó el lápiz sobre la mesa.
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