El inventario de los ausentes: Capítulo 1: El trabajo de los muertos

 El primer error de Bruno fue poner las cajas por orden alfabético.
—¿Por qué no?
—Porque no buscamos personas. Buscamos expedientes.
Bruno dejó la caja que tenía entre las manos y miró los estantes. Había tres paredes cubiertas de cajas de cartón, algunas nuevas, otras vencidas por la humedad, todas con una etiqueta blanca pegada en uno de sus costados. En las etiquetas se leían números, fechas y, en unos pocos casos, referencias escritas a mano. No había nombres.
—Pensé que sería más fácil encontrar las cosas si estaban ordenadas por apellido.
—¿Y si una persona tiene dos apellidos? ¿Y si no sabemos cómo se llama? ¿Y si lo que buscamos es un objeto y no a la persona?
Bruno se quedó mirando la caja que acababa de acomodar.
—Entiendo.
—No estoy seguro.
Ernesto le quitó la caja de las manos, la llevó hasta el estante del fondo y la colocó en el espacio que le correspondía. Después señaló una mesa rectangular, de fórmica gris, donde había una pila de carpetas y un sello automático.
—Empezá por revisar el registro. Las cajas tienen que coincidir con las entradas. Si falta algo, lo anotás. Si hay un error, lo marcás. No corrijas nada sin consultarme.
—¿Y si encuentro algo que está mal?
—Lo marcás.
—Pero si sé cómo corregirlo…
—Lo marcás, Bruno.
No había levantado la voz. Ni siquiera había cambiado de expresión. Eso volvía más difícil discutirle.
Bruno asintió y se sentó frente al registro.
El depósito ocupaba dos habitaciones al fondo de un pasillo angosto, detrás de las oficinas administrativas de la morgue judicial. En la primera se recibían las pertenencias que llegaban con los cuerpos; en la segunda se guardaban las cajas de los casos cerrados o de aquellos en los que nadie había reclamado los objetos. Entre ambas habitaciones había una puerta que no cerraba del todo. Ernesto había puesto un tope de madera para mantenerla abierta.
El lugar tenía olor a cartón, polvo y lavandina. En invierno debía ser frío y en verano, insoportable. A esa altura de agosto, con el viento golpeando las ventanas del edificio, Bruno sentía una corriente que le entraba por los tobillos cada vez que alguien abría la puerta del pasillo.
Había aceptado el puesto porque necesitaba un trabajo estable. La oferta no era particularmente atractiva, pero incluía un sueldo fijo, aportes y un horario que, al menos sobre el papel, terminaba a las tres de la tarde. También le parecía una tarea necesaria. Alguien tenía que ocuparse de esas cosas, evitar que los objetos de una persona terminaran mezclados con los de otra o que un documento desapareciera porque nadie había considerado importante guardarlo.
No había previsto, sin embargo, que el trabajo consistiera en buena medida en no hacer nada.
Las cajas permanecían cerradas durante meses. Algunas llevaban años en los estantes. Los teléfonos que nadie retiraba ya no servían, las billeteras contenían billetes fuera de circulación y las prendas guardadas en bolsas transparentes habían perdido el olor de quienes las usaron. A veces llegaba una consulta de la fiscalía o un familiar pedía revisar las pertenencias. Entonces se buscaba el número, se verificaba la documentación y se entregaba lo que correspondiera.
El resto del tiempo había que controlar que todo siguiera en su sitio.
La muerte también tenía horarios de oficina.
Desde el pasillo llegaban voces, pasos y el ruido de una impresora. Cerca de las diez, alguien anunció que había tortitas en la cocina. Otro preguntó si quedaba yerba. Bruno escuchó una discusión sobre una licencia, seguida de una risa. El edificio funcionaba como cualquier oficina pública: cada sector tenía sus problemas, sus demoras y sus maneras de hacer pasar la mañana.
Solo que allí, detrás de la puerta del fondo, se acumulaban las cosas de personas que ya no podían volver a buscarlas.
Ernesto llevaba veintisiete años trabajando en la morgue. Bruno lo sabía porque se lo había preguntado durante la entrevista y porque el hombre había respondido con una precisión que no invitaba a seguir conversando. Era de estatura mediana, delgado, con el pelo gris peinado hacia atrás y camisas que parecían recién planchadas incluso al final de la jornada. Usaba un reloj de pulsera con la correa gastada y tenía la costumbre de comprobar la hora antes de contestar cualquier pregunta que le exigiera pensar.
No era desagradable. Tampoco amable en un sentido que Bruno pudiera reconocer con facilidad. Daba instrucciones, corregía errores y esperaba que las cosas se hicieran como correspondía. Si alguien necesitaba ayuda, la ofrecía. Si alguien quería conversar, respondía lo indispensable.
A Bruno le costaba saber qué hacer con él.
—¿Siempre trabajaste acá? —le preguntó mientras revisaban una tanda de carpetas.
—No.
—¿Y antes?
—En otra oficina.
Bruno esperó unos segundos.
—¿También del Estado?
—Sí.
Ernesto pasó la página del registro.
La conversación terminó ahí.
Bruno volvió a los números. Había una diferencia entre la cantidad de objetos declarados y los que figuraban en una de las cajas. Lo anotó en el margen, como le habían indicado. Más adelante encontró una fecha incompleta. También la marcó. A las once y cuarto, Ernesto revisó su trabajo y señaló tres errores.
—Acá copiaste mal el número.
—Sí.
—Acá falta una firma.
—No estaba en la carpeta.
—Entonces tenés que dejar constancia.
Bruno tomó la lapicera.
—Y acá pusiste una observación en el lugar equivocado.
—Eso lo puedo corregir.
—Ahora sí.
Ernesto le devolvió el registro.
Bruno no supo si aquello era una forma de humor.
A la hora del almuerzo, salió al patio lateral con un sándwich envuelto en papel de aluminio. El viento había levantado polvo sobre las baldosas y una bolsa de plástico se había quedado enganchada en una rama seca. Desde allí podía verse una parte del estacionamiento y, detrás del paredón, la copa de unos árboles que se inclinaban hacia el oeste.
Comió de pie, mirando el teléfono. Tenía dos mensajes de Lisandro, ninguno urgente. El primero preguntaba si iba a llegar temprano. El segundo decía que después hablaban.
Bruno respondió que probablemente saldría a horario y guardó el teléfono.
No le gustaba empezar un trabajo nuevo con problemas en su vida personal. Había esperado que la rutina lo ayudara a ordenar algunas cosas, aunque todavía no sabía cuáles. Lisandro llevaba meses diciéndole que necesitaba dejar de convertir cualquier desacuerdo en una conversación interminable. Bruno empezaba a cansarse de tener que pedir explicaciones por cuestiones que para el otro parecían no merecerlas.
Terminó el sándwich y volvió al depósito.
Ernesto estaba junto a la segunda habitación, con una caja abierta sobre la mesa.
—Esta llegó ayer. Hay que revisar el contenido y cotejarlo con el inventario.
Bruno se acercó.
La caja era de cartón marrón, más pequeña que las otras. En uno de los laterales tenía pegada una etiqueta con un número de expediente y una fecha. La cinta de embalar había sido cortada y vuelta a pegar, como si alguien hubiera necesitado abrirla después de su ingreso.
Adentro había una billetera, un llavero con dos llaves, un reloj de mujer, un pañuelo, varios papeles doblados y un cuaderno de tapas negras. Todo estaba separado en bolsas transparentes, con etiquetas que indicaban el número de inventario.
Bruno empezó por la billetera. Contenía una tarjeta de transporte vencida, un recibo de farmacia y una fotografía pequeña, gastada en los bordes. No la sacó de la bolsa. Anotó lo que figuraba en el inventario y pasó al llavero.
Las dos llaves tenían tamaños diferentes. Una parecía corresponder a una puerta común; la otra era más pequeña, quizá de un candado. No había identificación.
—¿Hay que probarlas? —preguntó.
—No.
—¿Aunque podamos saber de qué son?
—No tenemos autorización para hacerlo.
Bruno siguió revisando.
El reloj no funcionaba. El pañuelo estaba doblado con cuidado, de una manera que le recordó a su madre cuando guardaba las cosas en los cajones. Los papeles incluían dos comprobantes de pago, una receta médica y una hoja con una lista de compras. Había anotaciones de gastos, nombres escritos en los márgenes y una dirección que aparecía más de una vez.
San Jerónimo.
Bruno copió la referencia en la planilla y continuó con el cuaderno.
La tapa no tenía título. En la esquina superior derecha, casi borrado, había un nombre escrito con tinta azul.
Tamara.
No era una etiqueta de inventario. La letra tenía una inclinación leve hacia la derecha y una línea debajo de la última sílaba, como si quien lo hubiera escrito hubiera querido subrayarlo sin llamar demasiado la atención.
Bruno miró el interior de la caja. En el inventario, el objeto figuraba como «cuaderno de anotaciones». No había más información.
Lo abrió por la primera página.
La letra era pequeña, prolija, con algunos renglones apretados contra el margen. Había fechas, cuentas, nombres y direcciones. En una hoja encontró un dibujo de una blusa con anotaciones sobre las mangas. En otra, una lista de telas y precios. Más adelante aparecían frases sueltas, recordatorios, una receta de cocina y el nombre de una persona repetido varias veces.
No parecía un diario en el sentido estricto. Era un lugar donde alguien había ido dejando lo que necesitaba recordar, sin separar las cosas importantes de las triviales.
Bruno pasó unas cuantas páginas.
En una de ellas había una lista de compras: harina, jabón, dos velas, hilo negro. Debajo, con otra tinta, alguien había escrito una dirección. San Jerónimo volvía a aparecer.
—¿Qué encontraste? —preguntó Ernesto desde la otra mesa.
—Un cuaderno. Tiene anotaciones personales.
—¿Está en el inventario?
—Sí, pero no dice mucho.
—Anotá las características y seguí.
Bruno volvió a mirar la página. La continuidad de aquellas notas le llamó la atención: la compra de jabón junto a una dirección, un dibujo de ropa junto a una cuenta pendiente, un nombre al lado de una fecha. Parecía estar entrando en una casa sin haber llamado a la puerta.
La vida de alguien había pasado por esas páginas y había terminado dentro de una bolsa.
Anotó el estado del cuaderno y lo dejó sobre la mesa.
Al moverlo, una hoja doblada cayó al suelo.
Bruno se agachó para recogerla. Era una carta, escrita a mano, dentro de un sobre sin cerrar. En el frente había un nombre:
Sonia.
No tenía apellido ni dirección. La letra era la misma del cuaderno.
Bruno sostuvo el sobre unos segundos. No lo abrió. Estaba por dejarlo junto al resto de los papeles cuando escuchó que Ernesto se acercaba.
—¿Qué es eso?
—Una carta. Estaba adentro del cuaderno.
Ernesto extendió la mano.
Bruno se la entregó.
El hombre miró el sobre. No intentó leer el contenido ni comprobar si había algo escrito en el reverso. Lo sostuvo por los bordes, con un cuidado que Bruno no le había visto tener con ninguno de los otros objetos. Después bajó la vista hacia el nombre.
Durante un instante, Ernesto pareció olvidarse de que Bruno estaba delante. Se le contrajeron apenas los músculos alrededor de los ojos; enseguida recuperó la expresión habitual.
—¿La leíste? —preguntó.
—No.
Ernesto volvió a mirar el sobre.
—Bien. No hay que abrir correspondencia que no esté autorizada para revisión.
—No iba a hacerlo.
—Dejala con los demás papeles. Anotá que estaba dentro del cuaderno.
Bruno recibió la carta y la colocó en la bolsa correspondiente.
Ernesto se quedó junto a la mesa unos segundos más. Después cerró la caja y revisó la etiqueta del expediente.
—¿Terminaste el inventario?
—Casi.
—Cuando termines, dejá todo como estaba.
—¿Y la dirección de San Jerónimo? Aparece dos veces.
—Anotala.
—¿No habría que verificar si corresponde a la persona?
—No es parte de este procedimiento.
—Pero si los objetos tienen una dirección, alguien podría…
—Bruno.
Ernesto lo miró sin dureza, aunque esta vez no apartó los ojos.
—Nosotros registramos lo que recibimos. No investigamos los casos.
Bruno bajó la vista hacia el cuaderno.
—Entiendo.
Ernesto pareció advertir que la respuesta no lo convencía, pero no insistió.
A las dos y media, el depósito estaba ordenado. Las bolsas habían vuelto a la caja, los papeles estaban en su lugar y el inventario tenía las observaciones correspondientes. Bruno había dejado anotada la dirección de San Jerónimo en el margen de la planilla. También había copiado el nombre de la tapa del cuaderno, aunque no sabía si debía hacerlo.
Antes de guardar el registro, volvió a mirar la ficha del expediente.
La casilla destinada a observaciones estaba casi vacía. Había una fecha, un número y dos referencias administrativas. Ninguna explicaba por qué aquellas cosas habían llegado hasta allí ni cuánto tiempo debían permanecer guardadas.
No sabía por qué le molestaba tanto esa casilla.
Quizá porque en su casa, cuando murió su hermana, hubo gente que se encargó de las cosas sin que él tuviera que pedirlo. Gente que llevó comida, que llamó por teléfono, que se ocupó de los papeles mientras sus padres se encerraban en un dolor que Bruno nunca terminó de comprender. Él tenía dieciocho años y había pasado buena parte de esos días convencido de que todavía se podía hacer algo.
Había preguntado por otros tratamientos, por médicos, por cualquier posibilidad que no hubiera sido agotada. Su hermana ya estaba demasiado enferma para contestarle. Sus padres tampoco tenían respuestas que él pudiera aceptar. En algún momento dejaron de discutir con él y empezaron a mirarlo con una tristeza que Bruno confundió con resignación.
Después se había ido.
No fue una decisión que hubiera tomado de un día para otro, aunque durante mucho tiempo la contó de esa manera. Se fue de la casa, consiguió un trabajo, alquiló una habitación y aprendió a resolver las cosas sin llamar a sus padres. Durante años, cuando alguien le preguntaba por qué se había independizado tan joven, respondía que necesitaba hacer su vida.
Era cierto, pero no era toda la verdad.
Cerró el registro.
Ernesto apagó la luz de la segunda habitación y comprobó que la puerta quedara bien trabada. Antes de salir, revisó las ventanas, acomodó una carpeta que había quedado fuera de lugar y miró la hora.
—Mañana seguimos con las cajas del estante tres.
—Está bien.
—Y no vuelvas a ordenar por apellido.
—No voy a hacerlo.
Ernesto asintió. Pareció considerar que la conversación había terminado.
En el pasillo, alguien estaba lavando un mate en la pileta. Dos empleados discutían sobre un partido del fin de semana. Una mujer pasó con una carpeta bajo el brazo y saludó a Ernesto por su nombre. Él respondió con una inclinación de cabeza.
Bruno caminó hasta la salida junto a él.
—¿Hace mucho que está esa caja? —preguntó.
—¿Cuál?
—La de hoy.
—Llegó ayer.
—Me refiero al expediente.
Ernesto apretó el botón del ascensor.
—No lo sé. Tendría que revisar el registro de ingreso.
—¿Y eso se puede hacer?
—Se puede hacer todo lo que está permitido hacer.
El ascensor tardaba. Desde el fondo del pasillo llegó una carcajada.
Bruno pensó en la carta dentro de la bolsa, en el nombre de Sonia escrito sobre el sobre y en la dirección que se repetía en el cuaderno. También recordó la expresión de Ernesto al mirar el nombre. No había sido sorpresa, exactamente. Parecía algo que el hombre llevaba tiempo aprendiendo a ocultar.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—Hasta mañana —dijo Ernesto.
Bruno lo vio entrar y apretar el botón de la planta baja.
—Hasta mañana.
Salió del edificio por la puerta lateral. El viento había amainado, aunque seguía levantando polvo en las esquinas. Caminó hasta la parada del colectivo y revisó el teléfono. Lisandro había enviado otro mensaje. Bruno lo leyó sin responder.
Mientras esperaba, sacó una libreta del bolsillo de la mochila y anotó la dirección de San Jerónimo. No sabía para qué lo hacía. Tal vez temía olvidarla; tal vez estaba acostumbrado a escribir las cosas que no podía resolver en el momento.
Guardó la libreta cuando llegó el colectivo.
A la mañana siguiente, Ernesto ya estaba en el depósito cuando Bruno entró.
Tenía el registro abierto sobre la mesa y dos tazas de café junto a la computadora. Una era suya. La otra, según descubrió Bruno cuando se acercó, estaba destinada a él.
—Llegaste temprano —dijo Ernesto.
—El colectivo pasó antes.
—Sentate. Tenemos que revisar unas diferencias.
Bruno dejó la mochila debajo de la mesa y se sentó. Ernesto le acercó el registro.
Habían encontrado una discrepancia entre el número de expediente y la fecha de ingreso de una caja. No era grave, pero debían comprobarla antes de continuar. Ernesto le mostró cómo seguir la referencia hasta el libro de entradas y dónde dejar constancia de la corrección.
Bruno tomó nota. Esta vez no hizo preguntas hasta que terminó de copiar el procedimiento.
Después de revisar las primeras carpetas, Ernesto abrió el registro correspondiente a la caja del día anterior.
—Vamos a comprobar los datos de identificación —dijo—. Acá hay algo que no coincide.
Bruno acercó su silla.
En la primera hoja figuraba el nombre Gonzalo Núñez. En el inventario de pertenencias, el nombre asociado al cuaderno era Tamara Roca. Ambos registros compartían el número de expediente y la dirección de San Jerónimo.
Bruno leyó las dos referencias otra vez.
—¿Son la misma persona?
—Eso es lo que tenemos que verificar.
—¿Cómo?
—Primero, revisando la documentación que acompaña el expediente. Después, consultando el registro de ingreso.
—¿Y si los datos siguen sin coincidir?
—Se deja constancia de la diferencia y se eleva la consulta al sector correspondiente.
Bruno pasó una página. La ficha de identificación remitía a otra carpeta que no estaba entre las que habían recibido el día anterior. Ernesto buscó el número en la computadora, anotó una referencia y volvió a la planilla.
Ernesto no pareció sorprendido ni apurado. Siguió trabajando con la concentración de quien conoce los pasos de un procedimiento y no necesita adelantarse a los resultados.
Bruno, en cambio, no podía dejar de mirar los dos nombres.
Gonzalo Núñez.
Tamara Roca.
Hasta ese momento, el cuaderno había sido para él una colección de anotaciones privadas, una vida reducida a objetos que alguien debía inventariar. Ahora había dos nombres donde esperaba encontrar uno solo. La dirección de San Jerónimo aparecía en las pertenencias y en el registro. La carta estaba dirigida a Sonia. Ernesto había reconocido algo en aquel sobre, aunque no hubiera dicho qué.
Bruno copió los dos nombres en una hoja aparte y anotó debajo la dirección de San Jerónimo. Después guardó el papel en el bolsillo de la camisa.
Ernesto cerró el registro.
—Primero vamos a comprobar la referencia —dijo.
Bruno no sacó la hoja del bolsillo.
Ernesto lo dejó trabajar durante casi veinte minutos antes de decirle que así no servía.





 

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