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El inventario de los ausentes: Capítulo 2: La casa de San Jerónimo 707

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La primera vez que Tamara entró en la casa de San Jerónimo después de la muerte de su abuela, encontró una paloma muerta en el pasillo. Estaba junto a la pared, debajo de una ventana que no cerraba bien. Tenía las alas abiertas y las patas recogidas contra el cuerpo. Tamara la miró un momento antes de buscar una escoba. No quiso tocarla con las manos. La casa llevaba mucho tiempo cerrada. Había polvo sobre los muebles, manchas de humedad en el techo del comedor y un olor difícil de identificar que se había instalado en las habitaciones. En la cocina, una canilla goteaba dentro de la pileta, y cada tanto, una gota caía con un ruido seco que parecía más fuerte por el silencio. Tamara dejó la escoba contra la pared y abrió las ventanas. No sabía cuánto tiempo iba a quedarse. La casa había pertenecido a su abuela paterna. Después de su muerte, la había heredado, aunque durante meses no encontró razones suficientes para instalarse allí. Seguía teniendo sus horarios, sus obligaciones y sus c...

El inventario de los ausentes: Capítulo 1: El trabajo de los muertos

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  El primer error de Bruno fue poner las cajas por orden alfabético. —¿Por qué no? —Porque no buscamos personas. Buscamos expedientes. Bruno dejó la caja que tenía entre las manos y miró los estantes. Había tres paredes cubiertas de cajas de cartón, algunas nuevas, otras vencidas por la humedad, todas con una etiqueta blanca pegada en uno de sus costados. En las etiquetas se leían números, fechas y, en unos pocos casos, referencias escritas a mano. No había nombres. —Pensé que sería más fácil encontrar las cosas si estaban ordenadas por apellido. —¿Y si una persona tiene dos apellidos? ¿Y si no sabemos cómo se llama? ¿Y si lo que buscamos es un objeto y no a la persona? Bruno se quedó mirando la caja que acababa de acomodar. —Entiendo. —No estoy seguro. Ernesto le quitó la caja de las manos, la llevó hasta el estante del fondo y la colocó en el espacio que le correspondía. Después señaló una mesa rectangular, de fórmica gris, donde había una pila de carpetas y un sello automático. ...

PIEDRAS

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La voluntad me prendió fuego en la casa de mis padres con la ilusión de poder llorar a esos muertos que no dejan de hablar sobre lágrimas, sobre mi. Llorando abrazo la almohada que recordaba los olores de aquellos llantos que me hicieron crecer. No sé lo qué siento en los arrebatos del alma, y respiro cuando el  arrepentimiento me trae el paraguas al comenzar a llover  piedras. Piedras… abrazos de piedras. Las piedras saben de esa pequeña historia que no concluye,  solo no puedo darme cuenta del sufrimiento de las nubes que no quieren cascotearme. Piedras… abrazos de piedras no se que viene. Cuchareo con la incertidumbre toda la siesta porque el miedo no me deja seguir escribiendo.   ¿Para que? Si,  al fin de cuentas sigo siendo el mismo hombre que llora  frente a la tv,  comiendo culpas dulces porque las saladas nunca me gustaron. Inundando la habitación de mis cosas pendientes con objetos que nunca logré comprar  en la impaciencia de mi existen...

NO

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No tengo el valor para decir que la ultima vez fue la última, desesperado intento de no sucumbir a los deseos carnales de la memoria y en ese suspiro de ultima vez me dejo caes en el desierto de mis ganas. No entiendo que la última vez sea la última, ¿y si no lo es? Qué importancia tiene en este mundo de ultimas veces, que carece de voluntades y solo se permite tirar muertos a las grietas que dominan las ultimas veces. No soy nadie que quiera terminar en una zanja, sin embargo, me permito creer que entre los cuerpos esta el germen que de paso a esa ultima vez donde los gritos se transformen en palabras y las palabras en sentidos que abracen las diferencias de una vez. No puedo permitirme llorar entre medio de todos por que el temor a ser sensible puede provocar una avalancha de paradigmas que inundarían la mente de los que alguna vez pensaron que sería la última vez. No me aburre la idea de besarme por última vez con cada ser que haya tatuado su nombre en mi piel, con la absurda idea d...

CASUALIDAD

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La lenta lectura del libro me motivó adentrarme, a querer ver el final y por casualidad te vi  entre la sombría trama de las letras. No soporté la incertidumbre de esa casual estafa  y no dudé en ver las páginas de ese libro misterioso.   Volví a mi lectura cotidiana de contradictorios pensamientos  dejando que el cigarrillo me quitara el poco aire de la habitación. En cada oración  anotaba minuciosamente la información que me llevaría a esa casualidad insoportable que cargo con desdén ya hace cuarenta y cuatro años y aún me espera. Dejando de lado los quehaceres que me alejan de la inevitable muerte,  tomé una vez mas el libro cayendo en las profundidades del tiempo  donde me fui observando cada vez mas inútil, quieto, tullido. Solo mis ojos tenían el tempo entre leer y construir la llave que me conduciría a mi libertad,  sin embargo, ese día tampoco lo logré  y dormí abrasado a las tapas dura de un libro que me arrebataste en sueños. Nu...